ESPECIAL: Viniloversus

Por Adrián Salas

Martes 02/11/10 – 05:45am

Estoy sentado en el Aeropuerto Internacional Maiquetía esperando el vuelo que nos llevará a Miami y luego, con una escala, finalmente hasta Nueva York. A pesar del viacrucis en el que se ha convertido para los venezolanos viajar, estoy tranquilo. Un café, un cigarro encaletado, el televisor pasando noticias por Globovisión y tres suits viéndonos con cara de circunstancia, preguntándose, seguramente ¿qué hacen estos carajitos desaliñados y trasnochados ahí? Personalmente, disfruto mucho la idea de que me desentenderé, aunque sea sólo por un par de semanas, de la música thriller de los noticieros venezolanos (creo que me afecta igual o incluso un poco más que las noticias per se).

Como no tengo quien me interrumpa, me pareció el momento ideal para empezar con el diario. A beneficio de inventario, mis bandmates no pueden fastidiarme porque, entre el ratón de algunos y el sueño de otros, se tambalean en sus sillas al lado mío. No me malinterpreten, yo amo a todos en la banda, pero a veces la cosa se puede poner intensa, especialmente en ocasiones como ésta en la que nos vamos de viaje juntos. Nos acompañan, nuestro manager, Alberto Cabello y nuestro productor, Rudy Pagliuca (todo un entourage, o al menos así nos engañamos).

Bueno, de vuelta a lo que nos importa: el diario. Hace un par de semanas un amigo cercano me pidió que escribiera algo para Guayoyo En Letras. Para ser honesto, no tenía idea sobre qué escribir. El tema del rock nacional se está poniendo un poco repetido y puede ser tedioso viniendo de alguien que tiene una banda. En cierto modo me parecía una especie de infomercial vendiendo a mi propia banda y en vista de que me quedaba sin ideas, decidí llamarlo para pedirle su opinión. En plena conversación se me ocurrió: “¿y si hacemos un diario del viaje al Grammy Latino?” No fue difícil venderle la idea; él tripeó, yo también, así que aquí está.

Lo justo sería empezar desde el comienzo, así que retrocedamos un par de meses, hasta agosto, cuando estábamos a punto de tomarnos unas merecidas vacaciones de la banda. Veníamos de un año corrido de trabajo fuerte y además recién me había graduado de Comunicación Social en la UMA. Era el último día de trabajo y estábamos en el estudio de Rudy terminando de grabar algunas maquetas cuando nos llegó la noticia de que estábamos prenominados en cuatro categorías para el Latin Grammy. Brindamos, celebramos y, en contra de todo sentimiento positivo que llevamos por dentro, tratamos de no crearnos muchas expectativas. Tanto me obligué a creer lo improbable que sería resultar nominados, que confieso haber hecho apuestas de las que hoy me arrepiento.

Arrancaron las vacaciones, un mes entero. Me parecía bastante apropiado el tiempo separados, aunque hoy en día, entre Twitter, Facebook, Email y el Blackberry, la separación física a veces no es suficiente. Entre nuestras actualizaciones diarias de los cuentos de viaje, nunca quedaba por fuera un: “pendientes, el 8 de septiembre anuncian los nominados”. Aunque me emocionaba mucho la idea de quedar nominados, sobre todo en la categoría en la que finalmente quedamos, no tardé mucho tiempo en distraerme con el viaje, en especial cuando POR FIN me quedé sin roaming prepagado y sólo estaba conectado cuando tenía WiFi (algo difícil de conseguir en apartamentos viejos y visitados con poca frecuencia en Europa).

Finalmente llegó el famoso día en que anunciaban los nominados. Estaba cenando temprano con mi novia en un café en Madrid, cuando me di cuenta de la fecha y la hora. ¡Ya los habían anunciado! Así que pedí la clave del WiFi del lugar y después de pelear durante 10 minutos con la página oficial, me rendí y revisé el twitter de la banda… ¡¡¡PRRDD!!! El iPod se me cayó entre las salsas y los vegetales de la hamburguesa abierta que aún no había empezado a comer. Laura debió haber pensado que me dio un infarto o algo por el estilo porque no le respondía aunque la miraba directamente a los ojos, boquiabierto mientras me preguntaba desesperada qué me pasaba. Comimos volando y llamé a un amigo que vive en Madrid para celebrar juntos.

En el camino de regreso a casa debí parecer el mayor idiota que caminó por Gran Vía en sus 100 años. Una cara digna de ganador de lotería y una sonrisa que se llevó hasta el buhonero chino que me disparó burbujas a la cara con la pistola que vendía y, por supuesto, Laura más apenada que nunca. Antes de llegar, pasamos por un “mercado de alimentación”, compré una botella de cava y una pecho cuadrado para celebrar. Ese fue el estándar para resto de las noches, en cada ciudad en la que hicimos escala de vuelta a Caracas, con cada amigo o familiar que vive en cada una de ellas.

Cuando volvimos de vacaciones, dos semanas después de enterarnos de la noticia, no podíamos dejar de hacer un high five cada 5 minutos. Para nosotros, llevarnos ese Grammy sería un bono, porque el verdadero logro ha sido la nominación. Pero la fiesta no duró mucho, pues tuvimos que arrancar con el trabajo pre-grammy. Pasamos el ratón de la celebración entre toques y entrevistas. Tuvimos que cuadrar pasajes, hoteles, las entradas para los amigos y familiares que vienen a apoyarnos, un fitting en NY para la alfombra roja, el publicista, entre mil detalles más. Nunca pensé que una nominación traería tanto trabajo, pero después de todo, ser una banda indie significa hacer las vainas uno mismo. Así que, ya casi dos meses después de enterarnos de la mejor noticia de nuestra carrera musical, aquí estamos, a punto de tomar el vuelo que siempre habíamos querido tomar.

 

 

 

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